Vivimos en el país de nunca jamás

Por: Gerardo González Veloz

silhouette of a happy children and happy time with sunset.
silhouette of a happy children and happy time with sunset.

Todo mundo recuerda la historia de Peter Pan, este niño de diez años que se niega a crecer y convertirse en un adulto, por lo que vive la mayor parte del tiempo en el país de nunca jamás, donde todos pueden ser niños por siempre. Pareciera que esta utopía cada vez se asemeja más a la realidad de las sociedades occidentales, con una variable, en vez de querer ser niños, pareciera que todos buscamos permanecer en una adolescencia eterna.

Hace más de diez años, Neil Postman escribió un libro llamado “La desaparición de la infancia”, libro por el cual se ganó el desprestigio de varios académicos que lo tildaron de pesimista por plantear la hipótesis de que la infancia tenderá a desaparecer paulatinamente hasta que a finales de este siglo termine por no existir; esto, por los incesantes impactos mediáticos que recibe la sociedad de manera diaria.

En su libro, primero nos plantea que fue una invención tecnológica la que revolucionó la manera en que consumíamos contenidos y por tanto que cambió el rumbo de la sociedad de manera drástica, me refiero a la imprenta. Antes de esta, en la edad media, cuando aún no existía el famoso invento de Gutenberg, tampoco existía el concepto de niñez, solo había bebés (0 a 6 años) y adultos (6 años en adelante) esto porque a esa edad ya se podía comenzar a laborar en las diferentes habilidades que no necesitaban de una preparación académica como leer y escribir. La adolescencia simplemente no existía, pasaba inadvertida ante los ojos de los padres descuidados que ni siquiera los incluían en los testamentos por la poca probabilidad de supervivencia de los infantes. Sin embargo, como comentaba anteriormente, con la llegada de la imprenta, la sociedad se comenzó a polarizar entre los que sabían leer y los que no, quedando los niños, evidentemente, en el segundo puesto. De tal manera que, para alcanzar a ser un adulto, los niños deberían aprender a leer y escribir, razón por la cual se empiezan a crear sistemas educativos como los que conocemos hasta la fecha.

 

Varios años después de este cambio en la comunicación llegó un medio que presumía, podía cambiar todos los paradigmas sociales que habían quedado establecidos, ese nuevo medio era la televisión quien tenía la posibilidad de transmitir imágenes en movimiento a prácticamente todos los rincones del mundo, dicho medio fue utilizado principalmente por las grandes marcas que deseosas de publicitarse pagaron millones a los principales canales de televisión por poder aparecer en los programas que se trasmitían. De esta manera la cultura ya no solo se propagaba a través de los libros, el cine y la música, sino que la televisión llegó para tratar de monopolizarla. Con el paso de los años, los gurús del marketing entendieron que el mejor público al que se podían acercar eran los adolescentes, no demasiado pequeños para consumir, pero tampoco lo suficientemente maduros para ser críticos con el producto que se les está vendiendo.

Con esto no estoy afirmando que la televisión creó el país de nunca jamás al que se refiere el título, tal vez simplemente se adaptó a su realidad y contexto; pero sin duda, fue así que la televisión comenzó a popularizar figuras que fomentaban una adolescencia eterna; artistas maduras del mundo de la música que se visten y actúan como adolescentes (Madonna), o programas de TV donde los niños son tratados y también vestidos como adultos (Toddlers & Tiaras).

Huxley tenía razón.

La utopía de Aldous Huxley en su libro “Un mundo feliz” parecería también cada vez más cercana, una sociedad en donde lo que importa es el placer y la autosatisfacción inmediata sin importar el medio por el que se consiga. Hemos creado en compañía de los medios, una sociedad líquida (por citar una segunda ocasión a Bauman en este espacio) en donde las relaciones son sustituidas por experiencias placenteras pero efímeras. Una sociedad en donde la filosofía moral se trata de disfrutar el presente únicamente, sin entender el pasado ni preocuparse por el futuro, ser individuos independientes de su contexto y de su entorno. Individuos que ven en los niños y en los viejos un estorbo a su autosatisfacción.

¿Por qué resulta preocupante? Esta pregunta se responde con una máxima muy famosa y sumamente repetida “Tiempos difíciles crean hombres fuertes, hombres fuertes crean buenos tiempos y buenos tiempos crean hombres débiles”, no hay que ser muy astutos para adivinar cuál es el siguiente paso en este círculo vicioso.

La búsqueda del padre defensor. 

Cuando un adolescente se entiende en peligro real, lo primero que buscará será la protección de un padre defensor, y ante la ausencia de los mismos en el proceso de crianza de las nuevas generaciones, estas buscarán defensor, y ante la ausencia de los mismos en el proceso de crianza de las nuevas generaciones, estas buscarán esa figura en otras instituciones, y la que generalmente es demandada por la cantidad de poder que puede ejercer, es el Estado. Así, cuando esta nueva generación de “niños perdidos” se siente vulnerado de alguna manera, recurre al Estado para exigir que se le haga “justicia”, quizá esta sea la causa de toda la ola de jóvenes progresistas que exigen al estado privilegios disfrazados de derechos. Por no mencionar la nefasta cultura de lo políticamente incorrecto, en donde de nuevo un padre defensor tiene que llegar a regular todo lo que se dice, se hace y se supone, en aras de no lastimar los sentimientos de los grupos minoritarios, pues pareciera, nos estamos volviendo cada vez más intolerantes a la crítica y la opinión, pero menos capaces para analizar e ignorar los mensajes que no sean productivos para nuestra vida.

En conclusión, no niego que esta cultura del YOLO (You only live once) tiene puntos positivos como la búsqueda de la autenticidad y la libertad, pero siempre hay que entender que no podemos concebir una libertad auténtica sin responsabilidades, tendríamos que comenzar por entender que el mundo no es perfecto, que no tenemos derecho a tener todo lo que deseamos solo por el hecho de desearlo, o de haber nacido. Que la vida es dura y para poder conseguir nuestros objetivos tenemos que trabajar incansablemente para lograrlo. Tendríamos que comenzar a entender como sociedad y como nueva generación, que llegará el día en que creceremos físicamente, de tal manera que vendrán nuevas responsabilidades, por tanto, tenemos la obligación de comenzar a crecer también intelectualmente, o sino, en lugar de adolecer la adolescencia, como su propio nombre lo indica, sufriremos en la adultez, la etapa más larga de la vida.

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